El último invierno había sido terrible para los habitantes de Santa Lucía. Temperaturas bajo cero por las mañanas, camperas polares, guantes y gorros con pelo de animales que luego, llegado el mediodía, todos se quitarían al canto de “Qué invierno más loco” al ver cómo el calor iba aumentando. Otros habitantes, no tan educados, preferían gritar maldiciones al aire culpando: al presidente por no imponer medidas que protejan al medio ambiente, a los más jóvenes por usar aerosoles, y a los más viejos simplemente por ser los más viejos. No faltaban los que creían que esos cambios repentinos en el clima eran parte de un complot llevado a cabo por las empresas meteorológicas cuyo fin maquiavélico consistía en tener a toda la población de Santa Lucía (200 habitantes) comiendo de la palma de sus mercenarias manos. De todas formas, el pueblo de Santa Lucía pasó el invierno de la misma manera que una vieja menopáusica recibe al novio de su hijita—- De buen humor. Pero después de mal humor. Y luego de buen humor.
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